patio bondiano

jueves, 26 de abril de 2012

UNA NOTA PARA JÓVENES ESCRITORES de parte de E. Bond (1980) (Traducción: J C Villa)


Tal vez cada veinte años habrá una nueva generación de jóvenes escritores enfurecidos.  Tienen derecho a estar enfadados.  Todavía hay muchas cosas por las que estar enfadados.  Pero, ¿de qué sirve que los escritores nos digan que están enfadados cinco veces por siglo?  La causa de la ira puede ser la impotencia.  

No hemos hecho tanto insultando a la gente necia y presuntuosa que ocupa el poder.  Insultarles no les quita el poder.   Y no basta con señalar a que conduce su mal uso del poder.  Hay que decir cómo lo obtuvo y como lo mantiene. 

El capitalismo usa y necesita de la ciencia para comprender la naturaleza de las cosas.  Pero no quiere comprender a la gente.  Entender a la gente podría destruir el engaño en el que se basa su propia seguridad.  También haría que la gente se entendiera a sí misma de una manera más fácil.  Sería más difícil controlar a la gente.  El capitalismo no quiera saber qué somos sino cómo podemos ser manipulados.  Para ello el capitalismo crea una mitología acerca de los hombres y de la sociedad.  Esto pasa por su cultura — y es prácticamente feudal. 

Cuando la cultura capitalista controla la ciencia y la tecnología estamos en peligro.  Los dramaturgos tienen razón cuando advierten de un apocalipsis venidero.  Pero eso es solo una parte de la verdad.  El capitalismo no tiene que llevarnos ni a un estado fascista estable, ni al fin del mundo.  Ese tipo de pesimismo es irracional. 

El capitalismo ve a los hombres como bestias.  Les tiene que retener con la ley y el orden y manipularles con incentivos y coerción.  Ésta es la imagen del hombre.  Es mitológica.  Y esta imagen no es capaz de librarse de esta mitología.  Para ello esta imagen tendría que dejar de ser capitalista.  Es por eso que el capitalismo nunca será apto para controlar la ciencia y la tecnología.  Las utiliza irracionalmente.  Es solo racional cuando se ocupa de la cosas y de su funcionamiento.  No es racional respecto a las personas o de su relación con las cosas y del uno con el otro.   En otras palabras, el capitalismo ya no expresa la realidad de una manera adecuada y precisa.  Ya no tiene una cultura. 

El capitalismo usa la educación y la moralidad para enseñar a las personas mentiras acerca de sí mismos y de la sociedad.  Comienza a hacer esto cuando las personas son niños y esa es la razón por la que la enseñanza tiene un efecto.  Pero las personas no tienen una necesidad permanente de creer mentiras.  De hecho, las mentiras que enseñan contradicen la experiencia diaria de la gente.  Por muchas razones, todas las personas intentan, a veces más a veces menos, expresar su experiencia de una manera adecuada y precisa — es decir, racionalmente.  En estos tiempos de irracionalidad capitalista, una cultura racional sólo puede crearse mediante la expresión de la experiencia de la clase obrera — y, obviamente, debe ser la clase obrera quien tome mayor partido creando esta cultura.  Esta cultura racional necesitará tener nuevas formas políticas y sociales.  También necesitará una imagen de personas nuevas —y formas artísticas nuevas.  Escritores pueden crear arte trabajando solo para crear esta cultura.  Es la única manera de grabar la verdad.  Los escritores que no ayudan a crear esta cultura desaparecen en el silencio u ocultan su creciente superficialidad bajo un cada vez más profundo oscurantismo o corren a la guarida de la reacción.  El teatro contemporáneo tiene ejemplos de los tres casos. 

La forma del nuevo drama será la épica.  Esta expresión (la épica) es malentendida, en parte porque aún no está plenamente desarrollada.  Una obra épica cuenta una historia y dice por qué sucedió.  Esto le da a la obra un inicio, un medio y un final unidos de manera veraz.  Esto no es cierto del teatro del absurdo que ve la vida sin significado, sin sentido: tiene un inicio y un final pero sin medio.  Al teatro burgués solo le conciernen las anécdotas: tienen un medio, pero sin principio ni fin. 

Las obras épicas no necesitan cubrir siglos o tener un reparto de armadas. La esencia del teatro épico es la manera en que selecta, conecta y juzga.  Incluso cuando trata de dos personas que discuten en una cocina, saca su método y valores del entendimiento de la historia de todos los seres humanos.  ¿De qué otra manera se podría juzgar entre lo que esta bien o lo que está mal?  Los escritores burgueses creen ser los únicos que escriben con sutileza y sensibilidad.  Ven el teatro épico como algo abstracto, inhumano y frío.  Pero lo que ellos llaman sutil y sensible es sólo arbitrario e incompleto.  Tratan de obtener significado de lo incidental.  No; la estructura general de la historia debe ser entendida antes de dar significado a sus incidentes.  Es por esto que la épica es la única forma de teatro que puede ser sutil y sensible —y tener buen gusto, ingenio, matiz e intimidad humana.  Al teatro burgués le falta este sentido de propósito y esto le hace inhumano.  Sería injusto juzgar su sutileza y sensibilidad por el forraje que da a sus cansados hombres de negocios y a sus aburridos clientes.  Esto dejaría al teatro burgués bastante bien parado, sin culpa.  El teatro burgués debería ser juzgado por su crudeza, superficialidad, y vulgaridad de sus obras tan admiradas por sus propios intelectuales. 

La ira y el apocalipsis  no son suficientes.  El teatro debe hablar de las causas de la miseria humana y de las fuentes de la fuerza humana.  Debe decir claramente cómo y por qué vivimos en una cultura nihilista.  Y debido a que la comprensión de la historia ha sido contaminada con la mitología, el teatro debe re-escribir la historia para dar sentido al futuro.  Para hacer estas cosas necesitamos un teatro racional. 
(Edward Bond, The Worlds, Methuen, 1980, p. 106-109).

(Traducción) Licencia Creative Commons

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