patio bondiano

martes, 17 de marzo de 2015

¿POR QUÉ ANHELAS UNA SOCIEDAD SOCIALISTA? PORQUE ANHELAS VOLVER A CASA.

 I

Desde siempre hablamos de que la izquierda no logra pasar de los deseos a la acción, de las aspiraciones al poder de verdad porque estamos divididos. Pero el fin es, o debería ser, el mismo para todos. A mi me preocupa el hecho de que quizás los fines – aquellos fines que se originaron en las mentes de los luchadores por justicia a finales del XIX principios del XX – han pasado al olvido en las mentes de demasiados. Los fines para todos – para socialistas, comunistas, anarquistas, etc – eran tres pilares fundamentales: abolir la diferencia de clases, abolir el capital y abolir la propiedad privada – esto se llamaba la sociedad socialista. (Llegar a este tipo de sociedad simplemente es la evolución humana natural claramente escrita en la historia oficial. Ahora sabemos que llegar a lo demandado, de forma racional, sin holocaustos, sin la furiosa, asesina oposición de la élite, parece una imposibilidad; pero llegará.) Los diferentes nombres de izquierdas indicaban diferentes medios pero para llegar al mismo fin. Los últimos 70 años nos han probado que los medios de algunos intentos – Rusia, Corea, China o la misma Europa con la continua degeneración de socialismo en social-democracia - se corrompían rápidamente tanto por la corrupción interna de los líderes como, más especialmente, las incesantes presiones externas de los estados capitalistas. Pero si lees las Constituciones tanto de la Ex Unión Soviética como de Cuba, los fines eran exactamente eso: llegar a una sociedad libre, avanzada, sin líderes ni diferencias, sin privilegios. Recuerdo a Fidel Castro cuando, inmediatamente después de tomar La Habana, habiendo acabado con la dictadura de Batista, visiblemente cansado pero eufórico, sentado en un sofá rodeado de su esposa e hijos, un periodista norte americano le hacía la típica pregunta frívola “bien, ahora que ha ganado ¿no es tiempo de afeitarse la barba?” A lo que Castro respondía con absoluta tranquilidad algo así como “cuando en Cuba tengamos libertad de verdad, sin necesidad de líderes y sin privilegios me quitaré la barba.” Castro fue totalmente leal a su dictum porque nunca se quitó la barba.

Activistas de izquierdas son de izquierdas por varios motivos. George Orwell, que era un observador de alta precisión, describió varios tipos en su “Camino a Wigan Pier” (1937) y que todavía casi 80 años después siguen sonando a verdad hoy. Por una parte, dice Orwell, el tipo socialista típicamente clase trabajadora, todo corazón pero sin formación, irracional e instintivo; por otra parte el intelectual, entrenado en libros que surge, casi en su totalidad, de la clase pequeño burguesa. A su vez, “desafortunadamente” dice Orwell, estos socialistas de origen pequeño burgués están formados por caracteres tipo como los que denuncian a la burguesía “echando espuma por la boca;” los reformistas blandengues (“de cerveza con más agua que cerveza” dice) representado por el autor Bernard Shaw; los astutos arribistas jóvenes e instruidos que son comunistas para empezar pero que cinco años después son fascistas “porque es parte de la carrera”. Orwell incluye “las rígidas y deprimentes mujeres que creen ser de una moralidad superior, portadores de sandalias y barbudos bebedores de zumos de frutas, todos en bandadas al olor del “progreso” como moscardas a un gato muerto.” Por supuesto, cuando se dice que se es de izquierdas para crear una sociedad justa, libre, digna, democrática, todos están de acuerdo. Pero esa sociedad socialista, de decencia humana, la quiere todo el mundo. Todo el mundo que tiene un ápice de decencia. El problema, dice Orwell, es que esta “ordinaria persona decente” no encuentra su nicho entre los arriba descritos. Estoy de acuerdo con Orwell: en realidad todos somos de izquierdas – incluso cuando lo negamos, nos mentimos. Basta que desees una vida digna. Pero hay algo más: algo que ha estado con nosotros como humanos desde mucho antes del inicio de la civilización. Es un conocimiento cognitivo - llámalo instinto si quieres – que no tiene ni que ser consciente.


II



Se dice repetidamente y de forma generalizada que los seres humanos somos belicistas, destructivos – y otras cosas peores. Ayer mismo escuché en un documental americano a un profesor de astro-física declarando que los humanos somos “belicistas desde el inicio de los tiempos.” El resto de ilustres profesores decían prácticamente lo mismo. Esto es una obscena y dañina falacia que necesita ser enviada al cesto de la basura. Solo tiene dos tipos de voceros: uno los mentirosos y el otro los ignorantes. Como voy a demostrar, las pruebas de que los humanos somos lo opuesto de belicistas son teórica e históricamente incontestables.




Si “el inicio de los tiempos” fuese hace tan solo 9.000 años, entonces habría que darles la razón. Pero esos últimos 9.000 años no son sino una pequeñísima fracción de la historia humana completa – menos del 5% de nuestra existencia humana. Los últimos 9.000 años son, fundamentalmente, la historia de las sociedad fundadas sobre los pilares de la esclavitud. Pero como la antropología moderna demuestra de forma incontestable, los seres humanos que todos reconoceríamos como tal – obviando las diferencias en cultura y tecnología – han estado campando por esta tierra entre 300.000 y 500.000 años, dependiendo de las fuentes. Durante todos esos milenios éramos, no sedentarios, sino cazadores-recolectores. La extensa bibliografía de la antropología no deja lugar a dudas sobre las características de las sociedades humanas de cazadores-recolectores: las sociedades de cazadores-recolectores se basan en la igualdad, en la cooperación desinteresada, en dar regalos y compartir comida. Y van más allá. Comparten alimentos no solo con familiares o con los que corresponden, sino según las necesidades incluso cuando la comida escasea. El famoso epidemiólogo Richard Wilkinson ha dedicado sus estudios a demostrar la relación directa entre violencia y desigualdad – no es una coincidencia su interés dado que la violencia es una verdadera epidemia y que muchas enfermedades están correlacionadas directamente con sociedades altamente desiguales. Acerca de nuestra larga existencia como cazadores-recolectores Wilkinson concluye:

“No hay jerarquía dominante entre los cazadores-recolectores. Ningún individuo tiene prioridad de acceso a los alimentos los cuales [...] se comparten. A pesar de la marginal preferencia femenina por tener como amantes a los cazadores más exitosos, el acceso a la pareja por sexo no es un derecho que se correlacione con rango o estatus. De hecho simplemente rango no es discernible entre los cazadores-recolectores. Se trata de una verdad absoluta que la literatura etnográfica resuena sin ambigüedades, a veces en los términos más enérgicos.” (“Why is Violence More Common Where Inequality is Greater?” New York Academy of Sciences, No. 1036, pp. 1-12.)



Si hay algo fijo en los genomas humanos de los últimos medio millón de años es la cooperación y la fraternidad – y como argumentaba Nietzsche sobre su idea de superman, de héroe, sin consciencia de ello, sin capitalizar intereses personales con sus acciones. Y si no hubiese sido así, si los humanos hubiesen vivido con el mismo ethos de “todos enemigos de todos,” de las sociedades sustentadas por esclavos de los últimos 9.000 años, no soy el único que cree que la especie humana se habría extinguido hace milenios. Algunos académicos del área de la genética han intentado legitimar hace unos años la idea de que las acciones humanas, sus características, si los humanos son violentos o pacíficos, cooperantes o egoístas, estan pre-escritas en su ADN. Afortunadamente esto se ha descartado como una barbaridad. Los seres humanos somos mucho más complejos que todo eso. Las acciones humanas no se explican por la información de su ADN sino que son una proyección directa de su vivir dentro de las estructuras sociales dadas – y sobre todo de la ideología dominante de esas sociedades. Sin embargo hay un valor humano que es permanente a través de los tiempos y que es incontestable: el imparable imperativo por promulgar justicia. Ha sido el trazo claro de las sociedades de cazadores-recolectores y tan constante que se puede observar claramente desde que el humano es un neonato. Ten a tu bebe sentado en tus rodillas y déjale ver que le das un juguete a su hermanito y a él nada. Salvo excepciones, el bebe exigirá con un tremendo enfado, sin dejar lugar a dudas, que a él también debes darle un juguete. Criaturas con solo 3 o 4 años ya empiezan a observar en su escuela cual es el estatus de los padres de los otros niños. Incluso cuando los pequeños viven en una familia que intenta protegerles de la locura consumista y de la carrera por privilegios - donde incluso se intente razonar con los pequeños la naturalización de la injusticia - rápidamente crean sus propios juicios de valor cuando, en sus escuelas, ven que otros padres y madres vienen a recoger a sus pequeños con ostentosos coches. Es igual si tu coche funciona como un reloj, es práctico, caliente en invierno y fresco en verano, espacioso y seguro. Tu coche es viejo y, antes o después, inesperadamente, tu pequeñín te va a preguntar “papa ¿cuándo vas a comprar un coche nuevo?” No les cuentes tratados sociológicos; si la mama de fulanito tiene un cochazo ¿no deberíamos tener uno también nosotros? ¿Y si tus pequeños son invitados a fiestas de cumpleaños de otros niños cuyos padres tienen enormes casas con todo tipo de comodidades? Y no digamos si su enseñante tiene la “brillante” idea de preguntarles que han hecho durante las vacaciones cuando vuelven a su escuela. El estatus de unos les ha permitido “nadar con delfines en Florida” mientras otros no han salido de su pueblo. Tus pequeños van a hacer comparaciones con su propia vida, su propia habitación y probablemente juzguen que la vida es injusta con ellos, que les castiga sin causa y su enfado por su bajo estatus surja de una u otra manera. Algunos argumentarían que esto crea consciencia de clase en los más jóvenes. Dejados a sus propias conclusiones, para nada. Sin una guía intelectual que les haga entender claramente el proceso histórico que ha sido la lucha de clases, lo que se obtiene de esta juventud criada dentro de los parámetros de la injusticia como natural dado son candidatos a inflar las filas del fascismo, bandas criminales y otros grupos extremos como los religiosos.

Desde términos puramente marxistas, es una barbaridad proponer la idea de que hay “una naturaleza humana” - a no ser que testarudamente (es decir, ideologicamente) creas que hay brujas, espíritus del bosque, dioses y diablos. Las actitudes, la moral, los principios y creencias de los seres humanos son una consecuencia de su vivir dentro de las estructuras sociales dadas. Un ser humano del s. XII es literalmente un extraterrestre comparado con un ser humano del s. XXI. Las varias culturas de los últimos 9.000 años de civilización son, de parte a parte, una consecuencia de la lucha entre los que están arriba y los que están abajo. La historia de la pintura lo repite consistentemente desde los Liceum la demokratia era un sistema superior a la monarquía. Pero mucho peor que la monarquía, decía Aristóteles, era la timokratia: es decir, cuando el poder está en manos de unos pocos hombres con propiedades (timo=propiedades; kratia= gente). ¿No sería entonces timocracia una definición más precisa de nuestros sistemas sociales contemporáneos? ¿No está el poder, el poder real, el que toma de verdad las decisiones que nos afectan a todos, en manos de unos pocos dueños de casi todo? Es verdad que a Aristóteles hay que leerlo con uno de cal y otro de arena, no con todo su valor dado, como hacen leer en muchas escuelas y departamentos de humanidades. El tutor personal de Alejandro el Conquistador podía decir hasta donde sus relaciones con la élite le permitían – y sus contradicciones no son pocas – ademas de su propio contexto histórico. Pero es remarcable el hecho de que las ideas de un pensador de hace más de 2.300 años como es Aristóteles puedan seguir resonando hoy con absoluta frescura.

La historia de la pintura lo repite consistentemente desde los tiempos de las pinturas rupestres, hace más de 50.000 años, mucho antes de la llamada “civilización”: durante tiempos pre-civilizados – parte de ese más del 95% de nuestra existencia – los humanos también tenían un opresor contra el que luchar y al cual le otorgaban poderes lógicamente mágicos: la naturaleza misma, sus ríos y montañas, sus animales, sus tiempos de bonanza y de escasez; sus animales y plantas y por supuesto las catástrofes que nos enviaba. Con la llegada del sedentarismo y la civilización aparecen dioses, los cuales salían del imaginario humano como respuesta lógica a tantas incógnitas como por qué unos años la naturaleza es tan generosa y otros te puede matar, sin razón aparente; después, con la acumulación de riquezas gracias al sedentarismo agrícola y ganadero, aparecen caciques y líderes, los cuales imponen por la fuerza su auto-nombramiento como reyes e incluso semi-dioses – pero que en realidad eran literalmente copias de lo que hoy llamaríamos mafia despiadada. Cuando la clase burguesa europea se liberó finalmente del yugo monárquico – todos los historiadores serios fijan la fecha en 1848, algo impensable, “utópico” hasta pocos años antes – los humanos nos encontramos con otro yugo, con otra fuerza tiránica de la que necesitamos liberarnos; probablemente, como Aristóteles intuía, la fuerza más despiadada de todas: el capitalismo. Para el fundador del Liceum la demokratia era un sistema superior a la monarquía. Pero mucho peor que la monarquía, decía Aristóteles, era la timokratia: es decir, cuando el poder está en manos de unos pocos hombres con propiedades (timo=propiedades; kratia= gente). ¿No sería entonces timocracia una definición más precisa de nuestros sistemas sociales contemporáneos? ¿No está el poder, el poder real, el que toma de verdad las decisiones que nos afectan a todos, en manos de unos pocos dueños de casi todo? Es verdad que a Aristóteles hay que leerlo con uno de cal y otro de arena, no con todo su valor dado, como hacen leer en muchas escuelas y departamentos de humanidades. El tutor personal de Alejandro el Conquistador podía decir hasta donde sus relaciones con la élite le permitían – y sus contradicciones no son pocas – ademas de su propio contexto histórico. Pero es remarcable el hecho de que las ideas de un pensador de hace más de 2.300 años como es Aristóteles puedan seguir resonando hoy con absoluta frescura.


El banquero Rothchild.  El humano
artista fija su fascinación en el gran
capital. 
Hoy los humanos miran, temen y observan a otro opresor: el capital, el dinero. No tiene precedente histórico. Si, como he argumentado antes, las sociedades humanas han reflejado en sus pinturas, a través de los tiempos, su obsesión con el opresor, el poder, ahora el sumo poder es algo tan abstracto, tan inmaterial como la economía. Tiene sentido entonces que, después de haber pasado por los diferentes estados desde el futurismo – la representación de la tecnología, sus máquinas de guerra, sus máquinas de super-producción – hayamos llegado a un estado en que las pinturas representan lo puramente conceptual (por ejemplo, desde Marcel Duchamp.) En el arte conceptual, ya sea pintura o la actual rama performance art, lo extremo, lo que no tiene precedente es que el artista ni siquiera busca un producto final, sino que su representación se centra solamente en mostrar no más allá del mismo proceso creador. El artista conceptual o es incapaz o no quiere llevar su creación hasta tal punto que diga explicitamente qué es, cómo es, de dónde viene el poder opresor absoluto ahora – que por supuesto es la economía misma, el capital.

Para entender nuestra situación humana y a nosotros mismos los humanos siempre hemos hecho uso y necesitado la representación – llámalo arte si así lo deseas. Lo que pasa es que la actual cultura de Hollywood-Bollywood – la industria cultural o mejor, la cultura como industria – en vez de hacer su trabajo y ser el faro que alumbre, por una parte, la respuesta a la incógnita “¿qué quiere decir ser un ser humano?” y por otra, el camino hacia la utopía como realidad posible, nos distrae alimentando nuestros miedos representando los ruidos de los bichos del oscuro bosque; nos distrae con sus formidables efectos especiales y estética refinada ofreciéndonos los colores hipnóticos de los fuegos artificiales como si en ellos hubiese una respuesta a nuestra condición humana y, por supuesto, cuando explota el último cohete, no hay nada; nos entretiene ofreciéndonos espiar por el agujero de una puerta,como si fuésemos mirones voyeurs, traiciones conyugales, platos rotos y aspiraciones vacuas cuando nuestras propias vidas, las del camionero, del pescador, del desempleado, del operario, del profesor son tan o más desquiciadas que las de cualquier personaje representado; un entretenimiento que tiene tanta utilidad a nuestra condición humana como para un eunuco la pornografía.

El poder de la tecnología, la máquina humana,
la guerra.  Futurismo.
Sin embargo, en nuestras ideologicamente homogeneizadas sociedades – esto es, la ideología pequeño burguesa (clase media en su uso más blando) -, contrastando y oponiendo la cultura como industria, hay una utilidad en las áreas de las artes que tradicionalmente ha sido y sigue fundamentalmente ignorada por la izquierda – especialmente aquí en España – que sobresale como un oasis en el desierto: el drama. Y si digo drama no me refiero ni al teatro moderno encabezado por Beckett ni al teatro “político” encabezado por Brecht. Brecht pone la intención ideológica de su obra al servicio de un sistema criminal como era ese Stalinista de la Alemania del Este. Brecht no miente como tal en su teoría pero sí descabelladamente en su obra, donde los ricos son los malos y sus esclavos los trabajadores los buenos, traicionando las mismísimas bases de la lógica del drama Aristotélico. No me refiero tampoco al bloque absurdista que inicia Beckett precedido por Joyce y continuado por Pinter donde los humanos parece que hemos llegado al final de la historia (una idea que tenía importantes adeptos como Fukujama pero que el colapso financiero les ha enviado al silencio dado que la lucha de clases no solo no desapareció sino que ahora resurge con fuerza) queriéndonos hacer creer que hemos llegado al mejor sistema social posible y que más allá solo hay la nada, corriendo apresuradamente en la noria como un hamster creyendo que vamos a algún sitio. No hablo del teatro “terapia”, donde al disfuncional se le hace creer que es posible tener una vida humana normal dentro de una sociedad que actualmente es la causa de esa disfuncionalidad; mucho menos del teatro “verbatim”, representando noticias periodísticas sin añadir nada que no se haya leído. No hablo del teatro moderno de la era burguesa; hablo del drama de Eurípides, Sófocles, Shakespeare y ahora Edward Bond.

 ¿Qué es el poder real, ahora? 
El dinero, la economía, los mercados. 
 ¿Cómo se representa lo que no se palpa, se ve,
lo que no se siente o intuye?
 ¿Puedes imaginar el Gran Capital?
Drama es el lenguaje de la democracia. El único patrón del gran drama es la ética, la necesidad humana por entender y fraternar; drama sigue la lógica sin condiciones, dejando que la misma historia humana – con sus contradicciones y paradojas - marque la pauta, así que un momento que podría ser trágico resulta que es cómico y viceversa. Drama descompone todas las ideologías; drama es política con mayúsculas. La complejidad del problema humano en las sociedades capitalistas ha aumentado exponencialmente y para saber adonde vamos como especie necesitamos entender el sitio que habitamos – nuestra situación - y a nosotros mismos. Y si la sociedad de mercado ha convertido a nuestro planeta en una gigantesca casa de locos, drama es el antídoto contra esa locura. Los humanos son la especie dramática por excelencia y todos – especialmente los más jóvenes – deberían tener acceso continuo a la experiencia dramática donde explorar sus ideas, sus problemas, sus aspiraciones y frustraciones. Drama no ofrece soluciones. Con drama el problema es problematizado; las soluciones deben darla los seres humanos – porque en la experiencia dramática, los humanos toman responsabilidad por sus acciones. Al dar significado a las situaciones, drama crea nuevas realidades. Es por eso que el gran drama no tiene nada que ver con propuestas morales o moralistas sino con la ética y su praxis: pregunta insistentemente hasta el paroxismo. Porque la ética no es acerca de la aplicación de reglas dadas ni acerca de lo que necesitamos, queremos o deseamos sino acerca de lo que deberíamos necesitar, deberíamos querer, deberíamos desear. Drama es ética y es socialismo y, por ende, porque hemos sido mucho mucho más tiempo cazadores-recolectores que esclavos o dueños, drama es la melancolía que el emigrante tiene por su casa, por sus gentes. Anhelas socialismo porque necesitas volver a casa.


César Villa

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